Hace poco que fue San Valentín y puede que por ello febrero sea el mes del amor. Esto nos viene a recordar la olvidada -quizá olvidadísima- virtud de la pureza. ¡Qué antipática a oídos de muchos! ¡Qué extraña para otros!
Para empezar, podemos preguntarnos qué es pureza. Más allá de los diccionarios, para descubrirla no tenemos más que contemplar el agua limpia del mar cuando es traspasada por la luz del sol… Resuena con aquellos ecos de Alberti, que lo añora desde el gris de la ciudad, o cuando canta Aleixandre La Ciudad del Paraíso, suspendido el mar del cielo.
Creo que si somos capaces de imaginar (o recordar) esta alegría que la luz refleja, sabemos intuitivamente ya lo que es pureza. Pues no nos imaginamos el sol y el cielo brillando esplendente sobre un lodazal. La virtud tanto de la luz como del agua clara es la transparencia y la pureza tiene esa fuerza: hace transparente la mirada y permite el acceso al corazón del otro.
Esto nos hace comprender que la pureza nos eleva, nos acerca más al cielo. Y lo contrario de ella, nos enlagama, nos trae presos a la tierra, a lo revuelto y oscuro, impidiéndonos el encuentro con el otro, ser capaces de conocer su corazón.
En este San Valentín, pues, me permito reivindicar la pureza como virtud que debería primar en nuestros corazones, y tanto más si cabe ser abanderada hoy, cuando lo que nos rodea canta sin cesar mensajes zafios, humor sucio, acciones que aún lo son más… La falta de pureza en lo sentimental lo impregna todo, dejando por los suelos todo impulso de elevación y cualquier intención de nobleza.
La pureza nos la representa Zorrilla en el personaje Doña Inés. Es lo ingenuo que habla de la verdad. Lo cándido. Lo único capaz de convertir el corazón traidor de Don Juan. Y ya lo dice él nada más empezar su pretendida conquista, que “la Luna brilla más pura, y se respira mejor”… La referencia a la pureza es clara… y no es casualidad que se respire mejor, pues permite la libertad.
La pureza de Doña Inés no es una ñoñez, ni es cursi. Es grande. Tiene más de verdad que las miradas resabiadas de las que vienen de vuelta de todo. Habla más de la verdad. Porque la verdad no está en lo pedantesco, sino en lo sencillo y candoroso.
Nos lo dicen también las poderosas Inmaculadas de Murillo. La pureza no sólo es bella, es poderosa. Lo inocente no es apocado, ni debe quedar ridiculizado y guarecido a los salones de té de las señoritas cursis. Lo inocente y puro es grande. Me atrevo a decir que generoso, pues otorga la plenitud que permite brindarse.

Y viene además de esta con otras virtudes. La paciencia, la templanza, el amor por la verdad, la entereza. Un corazón que se tiene para entregarse por entero. Que no se conforma con ecos, migajas sórdidas o con falsos amoríos. Que no se entrega a lo superficial, como tampoco juguetea hiriendo las ilusiones de otros (algo que puede parecer divertido y casi insignificante para algunos, pero que resulta indigno de las almas grandes).
Pureza también es integridad, tener el corazón entero para darlo. Y saber dar el corazón, a pesar de llevarlo herido, sin dejárselo entarquinar por desesperanzas que lo envejezcan (o acabaremos, si no, diciendo como Machado, que vengo “triste, cansado, pensativo y viejo…”). Pureza es lo que caracteriza el alma de los niños y, sólo con su desprendimiento y candidez redescubiertas podremos, como el mar, reflejar las claridades del día. Así, siento que este año San Valentín, visto desde las lentes de la pureza, cobre algunos otros sentidos.
Nietzsche creía que la madurez del espíritu verdaderamente transformado estaba representada por la imagen del niño, que es aquel que es libre para jugar plenamente, aquel cuyo amor es lo suficientemente puro para no tener límite alguno… Puede que el filósofo alemán no entendiera la niñez como se entiende aquí, pero si la contemplamos como imagen de libertad, de madurez, de ese juego limpio que caracteriza el amor, conserva todo su sentido.
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